En el año 1986, Olga Guillot anunciaba en San Juan de Puerto Rico una más de sus despedidas del mundo del espectáculo.
Aunque nadie tomaba demasiado en serio el que Olga realmente dejara de cantar en público, aquellas esporádicas retiradas de la famosa cancionera eran invariablemente recibidas con alegría, pues todos la queríamos y admirábamos; además de que al final, la cosa se convertía siempre en una divertida reunión de amigos que por lo general terminaban en el bar del hotel o en algún restaurante de esos que permanecen abiertos hasta las mil y quinientas. Afortunadamente, su inmenso amor por la música y los indisolubles lazos que por tantos años ligaron a “La Reina del Bolero” a los escenarios del mundo, hicieron que aquellos retiros nunca duraran demasiado tiempo.Para acompañar al selecto grupo de artistas que participarían en el espectáculo, “La Reina Olga” escogió como director musical al compositor Julio Gutiérrez, quien organizó una excelente orquesta formada por lo mejor del ambiente musical de la “Isla del Encanto”. Gutiérrez, autor de boleros antológicos como Inolvidable, Llanto de Luna, Un Poquito de tu Amor (grabada por Charlie Parker) y tantas joyas imperecederas del cancionero cubano, era además un pianista exquisito, y durante un intermedio de los ensayos en el Teatro de Bellas Artes de San Juan, se sentó al piano y comenzó a tocar un hermoso Nocturno de Chopin que atrajo la atención de algunos de los que estábamos alrededor. Entre los curiosos estaba Olga, que cuando el autor de Desconfianza terminó de tocar, poniéndole afectuosamente una mano sobre el hombro, comentó emocionada: –Si ese Chopin hubiera nacido en Cuba o en México, seguramente hubiera compuesto unos bolerones de espanto, ¿no e’ verdad Julio?–– En aquel momento, la ocurrencia de la Guillot nos hizo reír a todos. Nadie sospechaba que 24 años más tarde, otro gran pianista cubano de la generación más joven, sin conocer para nada la anécdota de Puerto Rico con Olga y Julio, sintiera la inspiración de dedicar un disco al insigne músico polaco, bautizando su proyecto con el curioso título de “Los Boleros de Chopin”.
Hijo de un inmigrante francés con una pariente pobre de cierta familia polaca de aristócratas, Frederic François Chopin nació el primero de Marzo de 1810 en el poblado de Zelazowa Wola, a pocos kilómetros de Varsovia, donde creció, estudió y se hizo músico. Llegó a Paris en 1831 y allí triunfó rápidamente como solista y compositor. Pocos años después conoció e inició aquel sonado, tórrido y tormentoso romance con una excéntrica escritora que firmaba con el nada femenino seudónimo de George Sand. En un intento por aliviar su naturaleza de por sí débil y enfermiza, Chopin se fue con la controvertida intelectual a pasar una temporada en la isla de Mallorca, donde en vez de mejorar, el inclemente clima de aquel particular invierno de 1838 empeoró la ya precaria salud del Maestro, obligándolo a regresar a tierra firme. En la Ciudad Luz, el 17 de Octubre de 1849 exhaló Frederic Chopin su último aliento, sin haber jamás regresado a su amada Polonia, y dejando una huella indeleble en el arte y la profesión musical. Es raro el pianista que se respete como tal que no haya “chocado” en algún momento de su carrera con la monumental obra del ilustre compositor polaco. Pepe Rivero no ha escapado a esta regla, sino que es parte integral de una fortísima tradición de tecladistas, tocados por la ineludible magia de Chopin.
Desde mediados del siglo XIX hasta la fecha, Cuba ha sido cuna de grandes pianistas en los más diversos géneros musicales, desde Manuel Saumell e Ignacio Cervantes, padres de nuestro nacionalismo musical, pasando por el imprescindible Ernesto Lecuona, Antonio María Romeu “El Mago de las Teclas”, Jorge Bolet y Bebo Valdés, hasta Emiliano Salvador, Jorge Luis Prats, Chucho Valdés y Gonzalo Rubalcaba. (Y a mí me da una tremenda envidia no haber sido parte de esta elite tan distinguida, en vez de tener que andar soplando y soplando mis tubos monofónicos por este mundo).
Duke Ellington –otro pianista legendario–, decía que el buen arreglar es como re-componer, y esta grabación que llega hoy a mis manos es una hermosa muestra de composiciones Chopinianas, producto del talento y el extraordinario oficio de Pepe como intérprete y arreglador, secundado por la sólida sección rítmica completada con Toño Miguel al contrabajo y Georvis Pico en la batería. Valses, Nocturnos, Impromptus, Baladas, Preludios y otros estilos explorados por el genio de Chopin, desfilan con infinita gracia frente a nosotros, convertidos en forma, no solo de Bolero, sino también de Cha-Cha-Cha, Sones, Rumbas, Danzones, y otros ritmos cubanos, condimentados con el siempre bienvenido toque jazzístico característico del joven pianista manzanillero.
El “bonus track”, Zazaúma / I Mean You, que no desentona, sino que mas bien complementa lo anterior, es una simpatiquísima dedicación al pianista cubano Frank Emilio Flint y al inefable Thelonious Sphere Monk, dos artistas estilísticamente tan diferentes entre sí, pero que al igual que Chopin, hizo cada uno su valiosa contribución al competitivo mundo de las teclas. Esperanza, la pieza que cierra el disco, con el verso y la voz clara y tierna de Eva Cortés, yo la siento como un postre dulce y fresco, después de una cena excelente mirando al Mediterráneo.
Para terminar, creo que debo confesar sin pudores, que mientras escribo esta nota, escucho por enésima vez estos maravillosos “Boleros Polacos” que nos ha regalado mi compatriota Pepe Rivero; un verdadero derroche de buen gusto musical, sabor, energía sin exageraciones y un sentido del humor que pondrían una sonrisa aprobatoria en los labios de Olga Guillot, y de seguro hubieran alegrado un poco en su día, la triste vida de Frederic Chopin.
Paquito D’Rivera
New York. Septiembre 2010
www.paquitodrivera.com








